Saga de Rocky Balboa


Sin duda alguna, la primera de todas es la mejor de la saga. Rocky es una historia de amor y autosuperación que utiliza el boxeo como vía para lanzar su mensaje, una historia realista que poco tiene que ver con el resto, si exceptuamos la sexta y última hasta la fecha, Rocky Balboa.

La segunda muestra un progreso creíble y pausado en el desarrollo de la trama para conseguir que Rocky vuelva a pelear. Sin embargo, aquí ya se deja espacio a la exageración, al heroísmo absurdo y a la victoria incongruente. El entrenamiento persiguiendo la gallina es ridículo a más no poder. Hay que tener claro que no estamos viendo Karate Kid.

Rocky III es completamente plana y aburrida. Junta a Hulk Hogan y Mr. T para darle vidilla al asunto, pero no tiene nada de nada. Tal como ya se demostraba en la segunda, donde el combate final pasa a centrar el argumento de las películas, las peleas están muy mal hechas.

Sin tener yo conocimientos de boxeo, las tundas que se da Rocky con sus oponentes son totalmente estúpidas. Nadie tiene ni idea de cubrirse. El protagonista apenas mueve los pies. Son, en realidad, combates de resistencia, a ver quién aguanta más golpes en la cabeza.

No hace falta decir lo inverosímil que es, desde la segunda, ya no que Rocky gane, sino que siga vivo. Le han diagnosticado tantas lesiones cerebrales que ya no tiene ni gracia. Apenas podría articular palabra. De ahí, tal vez, que la coreografía de los golpes sea tan desastrosa.

La cuarta ya se desborda con la obsesión de la guerra fría: americanos versus soviéticos. Aquí Rocky se pega una buena secuencia de entrenamiento en la estepa rusa, con barba de leñador incluida. El dramatismo exagerado aparece de nuevo en escena pero con efecto nulo. (¡Ah! Y con lo del robot ya te cagas en las bragas!)

Los guiones absolutamente planos de la tercera y cuarta entregas levantan un poco la cabeza en la quinta, donde la saga vuelve a sus raíces, a los arrabales de Philadelphia. Tal vez, ese estatus de triunfador rico hace que el personaje, nacido de la miseria, perdiera su lustre en las anteriores.

De la quinta, cabe señalar que el salto de tiempo real descuadra por completo con el tiempo cinematográfico. Todas las películas, a excepción de la sexta, se encadenan, empiezan con la batalla de la entrega anterior y continúan con los momentos siguientes. En esta, todos parecen haber envejecido una década en apenas unos minutos.

Me reventó, especialmente, el personaje del mánager vendedor de coches que habla como una metralleta: insoportable y fusilable. Sin embargo, la pelea final, fuera de la lona, con la calle como ring y sin guantes, la disfruté más que en cualquiera de las tres anteriores. Apasionante.

La sexta rompe con el esquema de empezar con el final de la anterior. Han pasado más de diez años y Rocky está viejo. La historia vuelve a centrarse en el espíritu de superación del personaje y no tanto en la legitimación de superhéroe invicto, de salvador del bien.

Aunque no todo es tan maniqueo como en las peores de la saga, no consigue la profundidad del comienzo. En la primera Rocky era un don Nadie que quería demostrarse algo. Aquí también, pero toda es más explícito, mascado. No esperan que el espectador infiera sino que todo es verbalizado.

Lo que me fascinaba de la primera es su capacidad de expresar algo sin decirlo, básicamente porque el protagonista es incapaz, no sabe o no tiene el vocabulario. Le falta trasfondo a este Rocky más viejo. Vuelve a querer desmotrarse lo mismo pero no va más allá sino que se repite.

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