Calladita parte de una premisa interesante: observar lo que sucede en un chalet de la burguesía catalana desde el punto de vista de la criada. El título invita a pensar que tendremos un testigo mudo que va a escuchar las verdades que la discreción y los buenos modales ocultan de puertas para afuera. Pero la realidad es que ni hay silencios elocuentes, ni un análisis certero del que aprender.
La asistenta colombiana, alojada en la única habitación sin aire acondicionado, está en periodo de pruebas. Este periodo ocupa todo el mes de agosto, sin días libres, y "si va todo bien", le "arreglarán" los papeles. Los miembros de la familia son tópicos, carecen de acidez o ingenio alguno. Su objetivo es ser tan repugnantes como aburridos. Es como sentir asco de un rollo de papel higiénico.
La película parece no tener claro hacia dónde quiere apuntar, acrecentando la sospecha de que no entiende ninguno de los problemas de base. Es una representación de la lucha de clases con plastidecores. Intenta pintar grises en un planteamiento en blanco y negro, emborronándolo en lugar de tornarlo más complejo.
Sin entender muy bien por qué o para qué, pasamos del cliché de una chica inocente explotada por los burgueses egoístas a una joven rebelde con una especie de plan de venganza. El cambio de tono se siente tan forzado como desorientado. La sexualidad extra ayuda en negativo, recordándonos que la sombra del cine del destape es tan alargada como el posfranquismo.
Si la foto de Wikipedia de Miguel Faus lo hace parecer un Albert Serra de baratillo, Calladita corre la misma suerte cuando la comparamos con Parásitos o con La casa en flames. La película ostenta el extraño elogio de ser la primera producción financiada con NFTs, gracias a la cual Faus ha sido invitado a dar conferencias por todo el mundo explicando cómo llevó a cabo su estafa.

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