La Vedette, crepería en Sabadell

Carrer del Pedregar, 10

Abrieron un restaurante de crepes en el centro de Sabadell, en frente del ayuntamiento, donde antes había una galería de arte. Se llama La Vedette, y tiene otro local en Girona. Para mí, esto es una buena señal, porque de Girona sólo tengo buenos recuerdos gastronómicos. Esta fue una casualidad feliz, porque pasamos por delante justo a la hora que abrían, y conseguimos mesa sin reserva.

A mi pareja le encantan las crepes, y siempre pide en los food trucks que instalan en la calle durante la Fiesta Mayor o durante los salones y exposiciones que se celebran en la Fira de Sabadell. Yo no suelo comerlas porque la masa suele ser tan fina y sosa como contundente es su relleno: pegote de Nutella con plátano. Suelen dártelas ardiendo y es un reto comérselas sin acabar pringándose.

En La Vedette, la experiencia es bastante distinta. La masa está perfecta. Tienen de dos tipos: saladas de trigo sarraceno (la galette bretona), y dulces, de harina de trigo normal. Probé hace mucho tiempo las galettes en Les 3 pommes en Barcelona, y no me entusiasmaron. Pero aquí disfruté. Me pedí una dulce, muy sencilla, con azúcar y mantequilla, con una bola de helado de vainilla encima.

Se apreciaba el sabor de la mantequilla, untuoso pero no pesado. La crepe por sí sola, con el azúcar esparcido por encima, estaba deliciosa. Venía de comerme un kebab en un ataque de hambre una media hora antes, y me la terminé en un abrir y cerrar de ojos. La de mi pareja era una galette salada, especial de temporada con boniato, nueces, queso y bacon. También la disfrutó mucho.

La carta un gran surtido, desde las más clásicas  a otras más hiperbólicas (hay una llamada Galette Best Burger). El local está decorado con buen gusto, sin excesos, con carteles de películas clásicas colgando de las paredes. Los baños son amplios y estaban limpios. Los precios nos parecieron los habituales (las saladas cuestan unos 13,50€), aunque me sorprendió para bien el precio de las crepes dulces (3,90€).

Salimos muy satisfechos. Fue un excelente broche para cerrar el domingo.

Más información:

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1 Adjunto la cuenta (los precios están con IVA): Galette de Castañada (13,50€) Crepe de mantequilla y azúcar (3,90€) Crepe de mantequilla y azúcar con helado de vainilla (4,10€) Copa de vino blanco Picapoll (4,95€) Agua medio litro Cabreiroa botella vidrio (2,20€). Total: 28,65€.

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Superman, Zack Snyder vs James Gunn

Doce años he tardado en ver El hombre de acero. Entonces, y ahora, las críticas no invitan a sentarse dos horas y media frente a la pantalla. No obstante, tras ver el Superman de James Gunn, he querido compararlas. Si bien no he leído sus cómics, como sí hice en mi adolescencia con los de Spider-Man o Lobezno, sí tengo algo de contexto acerca de lo que representa.

Mi opinión acerca de la versión de Zack Snyder no dista demasiado de la que tuve con Batman vs Superman. Creo que odiarla se convirtió en un meme, y eso hizo que las críticas se propagaran y fueran cada vez más feroces. Eso sí, entiendo el descontento, porque el héroe que encarna Henry Cavill carece de la esencia que hace a Superman ser quien es.

Snyder presenta un personaje oscuro, atormentado por sentirse diferente y por culpabilizarse de lo que le ocurrió a su padre. Vaga sin rumbo buscando una respuesta hasta que la encuentra. Pero ese hallazgo desata todo el caos posterior. Es imposible que tras los acontecimientos los gobiernos no vean al héroe de la capa roja como una amenaza al nivel de la bomba nuclear.

En los tebeos, Superman es el reverso de Batman. Es la luz, los ideales de un país con esperanza. Proteger a los más débiles o preservar la paz están entre sus mayores valores. En El hombre de acero no hay nada de eso. Metrópolis es reducida a polvo, con decenas o centenares de muertos, y Superman ni pestañea. Es un semidiós que ignora el sufrimiento de los humanos.

La contraparte de esto es que las batallas, como en Batman vs Superman, se ven espectaculares y se sienten colosales. Los combates son vibrantes y destilan espectacularidad en cada plano. Los tonos azulados y los encuadres conceden a la película ese halo épico ausente en las producciones recientes del género. En ningún momento un chiste tonto te extrapola de la gravedad de las situaciones.

Obviamente, la versión de James Gunn se encuentra en el lado opuesto del espectro. Superman es amable, hace todo lo posible por rescatar a todo el mundo, por mantener la ilusión de los niños. Sin vergüenza, lleva sus calzoncillos por fuera, sonríe. Disfrazado de Clark Kent, es torpe y encantador. Hasta tiene un perro que es tan trasto como adorable.

Reparte humor y buen rollo por doquier, contiene toda la luz que no se puede encontrar en la adaptación de Snyder. Pero no hay grandeza, como tampoco profundidad, en el personaje. Con Snyder repasamos su infancia, el peso que tienen sus padres en él, tanto los terrícolas (Jonathan y Martha Kent) como los kryptonianos (Jor-El y Lara Lor-Van) y cómo las decisiones que tomó lo han conducido a ser quien es.

Con James Gunn, quien ya confesó que no consideraba necesario volver a contar los orígenes de héroe, nos encontramos en un mundo donde Clark Kent ya es periodista, sale con Lois Lane, y Lex Luthor es un poderoso magnate que lo odia a muerte. Incluso la Tierra está tan habituada a ser el escenario de batallas superheroicas contra amenazas extraplanetarias que se hace un chiste sobre ello.

El problema es que, como he dicho, no sé mucho más del universo de DC fuera del cine. Los héroes de la película me son completamente desconocidos, y aparecen sin apenas presentación. Son todos guiños lanzados desde la ventanilla de un tren bala. Y entre cada una de las ventanillas hay escrito un chistes estúpido. Me pareció un bodrio al nivel de las últimas de Marvel.

Sí, Snyder falló al representar al héroe más icónico y querido, pero ofreció, pese a sus flaquezas y agujeros de guion, una historia completa. Gunn ha dibujado a la gran S casi al dedillo, pero es un retrato pintado con fuegos artificiales: brilla en un punto inesperado del firmamento y desaparece bajo otro resplandor vacuo. De tener que volver a repetir, elegiría la de Snyder sin dudarlo.

La Odisea del Piponazo

¿Qué sentimiento te invade cuando te dispones a ver una peli de tres horas y el tipo del asiento contiguo se jacta con sus amigos de haber colado una bolsa grande de El Piponazo? No adolescentes, hombres ya en sus treinta. Y apostilla: "Pero vengo preparado, ¿eh?, que me he traído mi propia bolsa para tirar las cáscaras?". Muchas, muchas gracias por no escupir la cáscaras en el suelo. Clic-clac.

Los 172 minutos de la nueva película de Nolan descansan sobre las espaldas de Matt Damon, unos hombros mucho más redondos que la interpretación del actor. En su papel de Odiseo, de quien se repite hasta la saciedad que es el más sagaz de los guerreros en el ejército de Agamenón, no hace más que estupideces. No hay ni una decisión que atisbe un minúsculo destello de ingenio.

La estratagema del caballo con la que consiguen ganar la guerra, en el imaginario clásico, es un equino sobre un carro con ruedas. Aquí, en cambio, es una enorme figura de madera innecesariamente artística que los troyanos deben arrastrar a puro músculo. ¿Me estás diciendo que los remolcadores no son capaces de percibir que la estatua está llena de gente, que se mueve y se mea y se caga en su interior?

Es tan poco espabilado que no queda claro si el héroe hubiera sido capaz de llegar a Ítaca por sus propios medios incluso sin el castigo de Poseidón. ¿Por qué ataca al Cíclope, un pastor que está solo en su isla sin hacer daño a nadie? Y encima se indigna cuando el gigante de un solo ojo no permite que le roben el rebaño, su único sustento.

Y mientras tanto, clic-clac. En las escenas realmente silenciosas, ni un ruido. Pero en cuanto subía un poco la música o los efectos de sonido, clic-clac. Pipa tras pipa tras pipa. Lo peor de todo es que la película carece de escenas de acción que se queden grabadas en la memoria. Así como la pelea en reverso de Tenet provoca un impacto imborrable en el espectador, aquí todo es olvidable.

Visualmente carece de cohesión o novedad. El diseño del Cíclope parece un descarte de El Laberinto del Fauno, mientras los gigantes con armadura de la siguiente isla están sacados de una serie de fantasía medieval genérica. La desagradable escena de Circe moldeando los cuerpos de los navegantes en cerdos recuerda a la transformación en ratas de los comensales de La maldición de las brujas.

El resultado es un batiburrillo en el que cada islote es de un padre y de una madre. La inconsistencia se agrava con la actuación opaca de su protagonista y la evolución gris del guion. El espectador no tiene idea hacia donde apunta su director. ¿Qué necesidad había de una nueva versión del clásico literario si no aporta nada ni en lo visual ni en lo argumental ni en lo interpretativo? Clic-clac.

La explicación se nos desvela al final por boca del propio héroe. Pero esto, en mi opinión, es un claro ejemplo de que algo no se ha hecho bien. Si debes recurrir a un monólogo a la conclusión del metraje para explicar por qué coño te has gastado tantos millones en rodar semejante bodrio, es que no has logrado transmitir lo que pretendías.

Y el cierre es de traca. El avispado Odiseo se saca el aguijón y se pone a repartir hostias como panes al más puro estilo del cine oriental de artes marciales. Primero, te mete la chapa con el monólogo sobre la moral y el respeto al dictado de Zeus, y luego se cada en Dios de todos los presentes. Y ahí sí, mi vecino vio el cielo abierto. Clic-clac, clic-clac, clic-clac, hasta finiquitar la bolsa y los créditos.

Calladita de Miguel Faus

Calladita parte de una premisa interesante: observar lo que sucede en un chalet de la burguesía catalana desde el punto de vista de la criada. El título invita a pensar que tendremos un testigo mudo que va a escuchar las verdades que la discreción y los buenos modales ocultan de puertas para afuera. Pero la realidad es que ni hay silencios elocuentes, ni un análisis certero del que aprender.

La asistenta colombiana, alojada en la única habitación sin aire acondicionado, está en periodo de pruebas. Este periodo ocupa todo el mes de agosto, sin días libres, y "si va todo bien", le "arreglarán" los papeles. Los miembros de la familia son tópicos, carecen de acidez o ingenio alguno. Su objetivo es ser tan repugnantes como aburridos. Es como sentir asco de un rollo de papel higiénico.

La película parece no tener claro hacia dónde quiere apuntar, acrecentando la sospecha de que no entiende ninguno de los problemas de base. Es una representación de la lucha de clases con plastidecores. Intenta pintar grises en un planteamiento en blanco y negro, emborronándolo en lugar de tornarlo más complejo.

Sin entender muy bien por qué o para qué, pasamos del cliché de una chica inocente explotada por los burgueses egoístas a una joven rebelde con una especie de plan de venganza. El cambio de tono se siente tan forzado como desorientado. La sexualidad extra ayuda en negativo, recordándonos que la sombra del cine del destape es tan alargada como el posfranquismo.

Si la foto de Wikipedia de Miguel Faus lo hace parecer un Albert Serra de baratillo, Calladita corre la misma suerte cuando la comparamos con Parásitos o con La casa en flames. La película ostenta el extraño elogio de ser la primera producción financiada con NFTs, gracias a la cual Faus ha sido invitado a dar conferencias por todo el mundo explicando cómo llevó a cabo su estafa.

El perro y el saco de arena de Kaori Ozaki

El perro y el saco de arena me ha parecido un buen cómic que se merecía un título mejor. Entiendo que busca reflejar la dualidad de la historia, pero, al menos en español, suena torpe e innecesariamente largo. Y tampoco refleja las sensaciones que me ha transmitido la lectura de sus dos tomos.

Nichiko vuelve a la isla donde creció para cuidar de su padre. Es un regreso agridulce, tanto por el pasado que quiso dejar atrás como por el presente que la atormenta. Nichiko tiene 34 años y se siente desorientada. Intentó rehacer su vida en Tokio, pero las cosas no salieron bien. En la isla conoce a Chimaki, un joven de 23 años que trabaja en la única tienda de conveniencia de la isla, punto de encuentro de residentes y cotilleos. Comienza así una relación tierna, titubeante, divertida, agridulce.

Mal llevada, la historia podría haber sido un drama. Pero Kaori Ozaki la conduce con buen tino hasta casi el final. No sólo gracias a su bello dibujo, sino también a la facilidad con la que conjuga la melancolía con el humor. Cuando digo "hasta casi el final" no quiero decir que dé un volantazo y se estrelle, sino que se aleja de mis expectativas. Hubiera preferido un cierre menos canónico. Siento que el argumento da un carpetazo demasiado definitivo al conflicto interior de la protagonista.

Pese a todo, ha sido una lectura muy, muy agradable. Es una historia sencilla pero emotiva llena de humor y romance. Me ha recordado a Josée, el tigre y los peces. Estas historia breves y autoconclusivas alejadas de los kilométricos shonen de moda son un oasis en el panorama del manga.