Vasos comunicantes (1/7)

Mi historia comienza después de comer, estirado en el sofá. Apenas había empezado a quedarme dormido cuando me pareció que el gato decía algo. Más bien lo susurraba, como si hablara desde un lugar lejano. El gato estaba recostado a mis pies y sus ojos amarillos me miraban como si trataran de hipnotizarme. Pero su boca no se movía. Pronto me di cuenta de que la voz provenía de detrás de mí, donde sólo quedaban los restos del almuerzo sobre la mesa sin recoger, teñida por el sol de las tres de la tarde. Pensé que sería alguien dando voces desde la calle. Me acerqué a la ventana para ver qué pasaba pero fuera no había nadie. Era domingo y todo el mundo debía de estar echando la siesta. La voz volvió a sonar, otra vez detrás de mí, y entonces descubrí, para mi desconcierto, que provenía del vaso del que justo unos minutos antes había estado bebiendo.

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