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Álvarez siempre vuelve de Paco Alcázar

En octubre de 2014, la revista Vice y Paco Alcázar colaboraron en un concurso. Había que enviar la posible continuación de una historieta creada por el autor. La historieta de dieciséis viñetas sintetiza el álbum musical homónimo del propio dibujante, pues Alcázar también compone bajo múltiples pseudónimos (podéis corroborarlo en su Bandcamp).

A mí me dio por participar y, por exceso de entusiasmo, acabé escribiendo un microrrelato absurdo. La cosa pareció diluirse o, tal vez, tuvo continuidad en el papel de las páginas de la revista. El tema está en que en internet, donde se suponía que estaba todo, no encontré la respuesta. Me quedé con la intriga de saber quién ganó y con la espinita clavada de publicar el texto.

Quería sacármela, la espina, así que aquí la dejo después de la historieta que realizó Alcázar para el concurso.


Álvarez sigue avanzando hasta introducirse en el reflejo de la cisterna del camión. Parece flotar. De repente, se da cuenta que está conduciendo en contradirección. Los conductores le pitan. En la locura vertiginosa de esquivarlos, ve que todos tienen cara de pescado, aletas de pez. No pueden enseñarle el dedo de en medio, sólo tocar el claxon. Un bocinazo lo despierta. Todavía hipnotizado por el sueño, sigue detrás del camión, las manos al volante, el pie en el acelerador. No frena. El accidente es horrible. Tendido en el asfalto, rodeado por el contenido volcado del tráiler del acuario, ve el inmenso charco de agua evaporándose donde los atunes boquean y se agitan asfixiados. Apenas puede moverse, mantener los ojos abiertos. Un pez salta frente a sus narices. Su mirada vacía lo sobrecoge. Queda claro que no acepta la derrota. En un esfuerzo difícilmente imaginable, el animal articula con un trémulo hilo de voz: “Sálvanos, Aquaman”. Álvarez, finalmente, comprende.

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Más sobre el autor:

Furruguños garrapiñados

Foto de una escultura urbana de un papel arrugado, por Rubén López
Foto de Rubén López, Flickr

Hay palabras y palabras. Y cada uno tiramos de nuestro idiolecto1, con términos registrados o no en el diccionario, más o menos comunes o, incluso, de uso totalmente personal.

Para "furruguño", con Google, Bing y DuckDuckgo sólo encontré una referencia extraña que no se ajusta con mi definición ("Ni que yo me vuelvo invisible de 3 a 5 de la madrugada, ni la no existencia de los furruguños... En fin, hay gente pa tó") en respuesta a la apreciación que hizo la intelectual Mariló Montero acerca de la metempsicosis y los trasplantes.

Buscando un poco más, veo que mi "furruguño" no es más que una alteración de la palabra "gurruño" ("cosa arrugada o encogida", DRAE). Otras variantes son "burruño", "murruño" y "furruño". Desconozco si la mía es una mezcla de "gurruño" y "furruño" o, acaso, viene de una cruce entre "enfurruñar", palabra más familiar para mí, y la susodicha.

Sea como fuere, ya la etimología de la normativa "gurruño" es divertidísima de rastrear. "Gurruño" viene del verbo "gurruñar", aféresis de "engurruñar", derivada de "engurrar". "Engurrar" es la metátesis de "enrugar" que, según el DRAE, viene del verbo latíno irrugāre y tiene el mismo significado que "rugar" o, el más común, "arrugar".


Siempre pensé que "garrapiñar", con el sentido de robar, era otro malentendido mío donde casaba la "rapiña" con la "garra", es decir, la mano con la que agarras lo ajeno. Sin embargo, y pese a que juraría que un par de años atrás no estaba registrada en el DRAE, ahora aparece junto a las deliciosas almendras gar(r)apiñadas aceptadas tanto con una como con dos erres.

Es curioso porque, de acuerdo con el diccionario de la Real Academia, la dulce receta vendría del latín vulgar *carpiniare, derivado de carpĕre ("arrancar, coger"), verbo famoso por el lema vital del Carpe diem2. Sin duda, este origen parece estar más en consonancia con el sentido de hurtar que con el de los frutos secos caramelizados.

El DRAE no ofrece ninguna etimología acerca de la acepción amiga de lo ajeno. Sin embargo, gracias a un comentario en un blog, descubro que el maravilloso María Moliner lo describe como una variación de "garrafiñar" influenciada por "rapiñar". "Garrafiñar" sería, a su vez, una variante de "garfiñar" que es un término de germanía para "robar".

Germanía, claro está, se refiere a la jerga de ladrones y no de alemanes, aunque parece haber algo de lío al respecto. Mientras que, por un lado, se dice que "garfa", la palabra de la que deriva "garfiñar", proviene del alto alemán harfan ("agarrar"), el DRAE la hace descender del árabe hispánico ḡarfa ("puñado, cantidad que se coge con una mano").

Lo gracioso es que ese ḡarfa viene del árabe clásico ḡarfah influenciado por "garfio". Pero si, por otro lado, uno busca en el mismo diccionario la genealogía de "garfio", topará con un padre latino, graphium, y un abuelo griego, γραφεῖον ("punzón para escribir"); el cambio de "grafio" a "garfio" se debería a la influencia de... "garfa". ¿Qué fue antes, entonces, el huevo o la gallina?

De cualquier modo, interrumpido el camino de migas de pan, "garfa" se refiere a las uñas corvadas de los animales y la "garra", derivada de la anterior, a la mano o pie de los animales que las tienen. La expresión "echar la garfa", al igual que la contemporánea y más popular "echar la zarpa", tiene el sentido de "agarrar", acción necesaria para apropiarse de lo ajeno.


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1 Del griego ἴδιος, "propio, particular", de donde también nace el "idiota", es decir, el que sólo se encargaba de sus asuntos y evitaba participar en el bien común, la política.
2 El Diccionario Gastronómico da la etimología del Diccionario trilingue del Castellano, Bascuence y Latin de Manuel de Larramendi de 1745 donde derivaría del vasco "garai ipiñia" (sobrepuesto, puesto encima).

Donde está el límite

—Me dijeron: “Se aprende de las derrotas”. Me enseñaron: “La constancia es el logro”. Me inculcaron: “El éxito depende del esfuerzo”. Nunca debía perder la esperanza porque, al final, siempre había una recompensa para el trabajo duro. Y cuanto más difícil, mayor era la gloria. Ninguno lo olvidaba, todos me lo repetían: mis padres, mis profesores, el cine, la televisión.

» Lo que parece ineludible es que, con los años, la experiencia llega; tal vez no como aprendizaje pero sí como memoria. Los buenos recuerdos, inclusos otros que no lo son tanto, se van con la nostalgia. Los palos de la vida, en cambio, aquellos de los que uno ni siquiera puede construir una buena anécdota con la que reírse, aquellos que buscan ser enterrados en lo más profundo, son el verdadero fertilizante del mañana.

» Uno queda advertido además de escaldado. Contra las clases de justicia moral, existe la ley de la selva y el azar. La ética es el pegamento social de un mundo que valora sin asomo de burla ni vergüenza el individualismo menos solidario y más atroz. El margen de mejora no está siempre ahí, no hay cajas repletas de medallas esperando a nadie.

» Mira mi estado. Me duele la vista, las manos apenas me responden. Después de tantas horas, no ha habido curva positiva alguna en mi rendimiento: sólo un muro infranqueable. Cuando el orgullo deja paso a la súplica, la compasión se torna una meta halagüeña. Ya no busco el pódium, no lo quiero. Ahora me conformo con ser el espectador de un viaje tranquilo hacia el final.

—Entonces, ¿te mato al malo de la última pantalla o no?

—Este juego es una mierda.

Atroz

Lo encontraron en la calle, abierto en canal como un cerdo. Le habían arrancado los ojos y cortado las manos. No llevaba documentos que lo identificaran ni la policía tenía ficha de él. Lo debieron de matar de madrugada. ¿Qué hacía allí? ¿De dónde venía? Era una zona industrial prácticamente abandonada. Lo encontró el vigilante nocturno mientras hacia su última ronda, casi al amanecer. Cuando atisbó el cuerpo detrás de una montaña de runas, tardó en reconocer lo que era. No reclamaron el cadáver. Lo vieron en las noticias del mediodía y de la noche y del día siguiente y durante toda la semana, sí, pero guardaron silencio. Encerraron la pena, la convirtieron en una piedra y no dejaron escapar nada. Tenían miedo de hablar, de que los acusaran, de que les obligaran a pagar el entierro, de perder sus trabajos, de ser expulsados. Los hijos menores dejaron el suelo y empezaron a dormir con la madre.

El futuro de la industria editorial en España


La crisis relegó a los ciudadanos a sus casas y éstos recluyeron su ocio en aficiones asequibles y silenciosas. Todo el mundo empezó a escribir. Papel y lápiz, bolígrafo y cartón, teclado quien tuviera, nadie ni nada podía detenerlos. El país fue ocupado por una nueva generación de escritores deseosos de tragarse el mundo. Inundaron las estanterías físicas y digitales en una oleada sin precedentes que dejó a editores y libreros incapaces de reaccionar ante una oferta tan desmesurada. Nunca jamás volvieron a publicarse en España tantas y tantas novelas sobre la guerra civil.

Contigo

Hay noches tan tristes,
y gente tan triste paseando esas noches tan tristes,
que con gusto abrirías fuego por las calles,
sin compasión por aquellos que recuerdan.

Obliterarías la melancolía
hasta hacer brotar el dolor y la pena.
Lo bombardearías todo desde el aire,
destruirías todo lo que se arrastra.

Y entonces no quedaría nada.
Te crees que no quedaría nada
Pensarías que no queda nada
Respirarías porque no hay más

pero quedarías tú,

y contigo
la melancolía,
y contigo
el dolor y la pena.

Etimología de un rescate

Rescate > Rescatar > Res [variante del prefijo Re-] + Captare [significado de coger] > Capere [supino Captum]

Curiosamente:

Capere < Captare < Re + Cap(i)tare [por influjo de Capitalis,-e] < Recaudar

Capere < Captare < Accaptare [comprar] < Recaptare [volver a comprar] < Recattare < Recatar < Recatear < Regatear < Regate

Otras palabras derivadas de capere:

- aceptar
- anticipar
- cable
- caja
- capacidad
- capaz
- capción o captación
- capcioso
- captar
- capturar
- concebir
- decepcionar
- discípulo
- emancipar
- excepción
- excepto
- fórceps
- incipiente
- interceptar
- municipal
- ocupar
- participar
- percibir
- príncipe
- recibir
- susceptible

Leísmo

Le leo a Leo los libros que leo. Le gustan. Luego, los lee Leo por su cuenta. Me sigue y me avanza. Lee Leo hasta los que no leo. Los libros que citan los libros que leo, que leemos, matrioshkas de la literatura, allá va Leo como un león, devorando lo que no leo. Le observo leer. Le era indiferente hace unos años y ahora parece que leyera un libro por hora. Imaginar lo que en un futuro no leyere, le hiere como si todas las hojas de los libros que no ha abierto le cortaran con sus bordes afilados. Por eso lee más y más aprisa. Y lo entiende. Lo recuerda. Le ordeno que se lo tome con calma, pero como un yonki, lo ignora. Leo a ratos porque la mayoría de ratos leo en diagonal, superficialmente, mirando a Leo de reojo leyendo como un loco. Lo consume su locura con su memoria prodigiosa, almacenando títulos sin parar, esos títulos que ha leído en los libros que le he leído y luego ha leído, e incluso en los que no le he leído ni he leído ni leeré jamás y que él ha devorado. Me lee Leo fragmentos enteros, de diez páginas, mientras lee para sí. Lee como para devolverme lo que le he leído, pero hay algo atroz en todo ello. No me lee como le leía yo, no lee leyendo para otro, lee para Leo y, los demás, somos su eco. Se lo recrimino y se hace el sueco. O sinceramente no me oye, no sé qué es peor. Lee Leo hasta lo que escribo. Lee mis notas en la nevera, mis listas de la compra, mis recados. Lee mi periódico y lee mi diario, mis secretos. Lee leo hasta estás líneas que escribo, mientras lee cualquier otra cosa. Leo lee y espía la pantalla de mi ordenador y me recrimina que lo llamara yonqui, y yo me hago el sueco. Le hostigo para que pare, que lea lo que lea, que no lea lo que escribo, que es personal, que es mío. A Leo le horrorizan mis palabras. Leo leerá todo, me dice o me lee, pues parece tenerlo escrito. Nada pertenece a nadie. Desde el buen momento que ha salido de mí, ya nunca más será mío. Le organizo una cita para que tome el aire, para que me deje solo con mi escritura, con mi lectura, sin ninguna nariz sobre el hombro ni en mis páginas. Le hostió a Leo la chica al final de la velada, pues estuvo leyendo durante la cena, el muy cretino. Le obceca tanto la lectura que le obnubila y le oblitera el mundo. Le oculto lo que lee, que ni en sueños yo hubiera leído, y le ofendo. Dice que tengo envidia. Hablo pestes de él al casero y éste le obliga a marcharse. Leo le obedece decentemente, mente puesta en lo que lee, sin inmutarse, sin perder los estribos. Leo, meses después, en la prensa, que hospitalizaron a Leo, atropellado mientras cruzaba la Gran Vía leyendo, semáforo en llamas. Le lloro y le apilo los libros que leyó. Los quemo. Le odio. Le olvido.

Las reglas de Queensberry

as reglas de Queensberry son las normas creadas en 1869 que rigen el boxeo moderno, exigiendo los guantes acolchados o los asaltos de tres minutos y prohibiendo los golpes en ciertas partes del cuerpo. Treinta y seis años después de su redacción, tendría lugar uno de los enfrentamientos más espectaculares de la época.


Edificio del Old Bailey

En el centenario ring de los juzgados de Old Bailey, en Londres, el creador de la normativa del boxeo actual, John Sholto Douglas, noveno Marqués de Queensberry, se enfrentaba al mordaz e irónico autor de El retrato de Dorian Gray, Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde, Oscar Wilde para sus admiradores y cariñosamente Oscar para los más admiradores. El juicio causó fervor en la prensa. El 3 de abril de 1895, todos los periódicos atestaron las salas para recoger cada palabra, cada gesto, de aquel histórico duelo.

El 28 de febrero, Wilde había recibido de manos del portero del club Albemarle, al que era asiduo, una nota del Marqués. El mensaje era el recurso final de un padre que pretendía alejar a su hijo, Lord Alfred Douglas, de un artista sobre cuya persona corrían rumores que lo ligaban con los chaperos de los bajos fondos londinenses. La nota rezaba “For Oscar Wilde, posing sodomite”, una injuria no sólo ignominiosa sino, desde hacía diez años, penable legalmente. La gravedad del mensaje dependía de su interpretación, bien se leyera “posing sodomite” (ostentoso sodomita) o “posing as a sodomite” (que finge ser o tiene ademanes de sodomita), pasando de ser la crítica de una actitud inmoral a la denuncia de una conducta delictiva.


La nota de la discordia

Contra los consejos de sus amigos y abogados, Wilde llevó la causa por libelo a los tribunales. Su amigo Frank Harris le advertió que “ningún jurado de Inglaterra emitiría un veredicto en contra de un padre que intentara proteger a su hijo”. Las reglas del juego ya anunciaban un resultado final no de victoria sino de Victoria. A pesar de que Wilde ofrecería una batalla sin cuartel al púgil defensor de Queensberry, Edward Carson, ni sus ganchos de ingenio ni los aplausos y risas que arrancó del público de la sala pudieron liberarlo de los insistentes y acertados directos de su oponente. Gracias a las pruebas conseguidas por los detectives del Marqués, Carson planteaba peliagudas cuestiones sobre las relaciones del escritor con jóvenes de las calles de Londres.

Con esta ventaja, atacó el arte de Wilde para desestabilizarlo aún más, tachando El retrato de Dorian Gray de “sodomítico”, además de unos epigramas suyos publicados en un controvertido número de la revista The Chameleon y una carta enviada a Lord Douglas. El irlandés, como el abogado esperaba, salió en defensa del arte (“No existen libros morales o inmorales. Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo”, prefacio de Dorian). Después de una larga resistencia al asedio de su contendiente, el artista bajó la guardia y, ante la pregunta de si había besado a un joven criado llamado Walter Grainger, se excedió en el tono de su respuesta contestando “Oh, no; jamás en la vida. Era un muchacho bastante poco agraciado”. Carson le había asestado el golpe que le haría besar la lona.


Fotografía de Sir Edward Carson

El 5 de abril, en mitad del discurso de la defensa, Wilde tiró la toalla y retractó su acusación. Sin embargo, con las pruebas aducidas, Scotland Yard actuó en consecuencia y arrestó al escritor aquella misma tarde por “cometer actos de ultraje contra la moral pública con otros varones”. Aquel combate dejó K.O. a Wilde. Exiliado en París, separado de sus hijos y su mujer, quien estuvo apoyándole hasta el último momento, agravada su salud tras los dos años de condena a trabajos forzados, murió el 30 de noviembre de 1900. ¿Qué impulsó a Wilde a aquel combate perdido de antemano? ¿Amor? ¿Orgullo? ¿Inconsciencia? ¿Valor?

Tal vez pretendiera emular a sus ídolos Flaubert y Baudelaire, y la realidad le traicionara. Menos probable es que quisiera ser un estandarte de la defensa de los derechos de los homosexuales. Lo único cierto es que batallas como la suya siguen lidiándose hoy vergonzosamente con resultados semejantes.


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Fuentes:

HOLLAND, Merlin, El Marqués y el Sodomita: Oscar Wilde ante la justicia, ed. papel de Liar, 2008
Artículo sobre Oscar Wilde en Wikipedia
Artículos sobre el juicio de Oscar Wilde en www.law.umkc.edu

Ciencia-No Ficción

n 1914, H. G. Wells publicó su novela El mundo liberado ( The world set free) donde vaticinaba que un físico descubriría la bomba atómica en 1933. Un año antes de la fecha anunciada, Leó Szilárd, un físico húngaro, leyó el libro y se sintió espoleado para superar el reto. El año anunciado por el escritor inglés, Szilárd daba con la idea de provocar una reacción nuclear en cadena, amplificando así la energía liberada por un solo átomo a billones.

Ante tal descubrimiento, Szilárd redactó una carta en la cual alertaba de que los nazis estaban trabajando en el desarrollo de armas nucleares que, a diferencia de lo que se había creído en un principio, sí eran viables. Después de convencer en agosto de 1939 a Albert Einstein para firmar dicha carta, ésta fue enviada al presidente Franklin D. Roosevelt. El presidente estadounidense promovió la investigación en torno a la energía nuclear, desarrollando el famoso proyecto Manhattan, de cuyo seno surgirían Little Boy y Fat Man, las dos bombas que el 6 y el 9 de agosto de 1945 caerían sobre Hiroshima y Nagasaki.


Albert Einstein y Leó Szilárd (1946)


Harry Guggenheim, Robert Goddard
y Charles Lindbergh (1935)

Un día después de caer la segunda bomba atómica, moría el científico Robert H. Goddard. Goddard había sido humillado en vida por su obsesión de querer volar al espacio exterior. Los cohetes eran imposibles, inalcanzables como se había creído que eran las armas nucleares. El New York Times arremetió crudamente contra él en su editorial del 12 de enero de 1920, tachándolo de no tener ni idea. El 17 de julio de 1969, cuarenta y nueve años más tarde y muerto ya el científico, el periódico rectificaba a través de un pequeño texto: el Apollo 11 había despegado con éxito el día anterior.

En vida, Goddard tuvo que soportar que su sueño fuera bautizado como la “locura de Goddard”. Sólo unas pocas personas le prestaron atención. Uno de ellos fue Charles Lindbergh, el primer piloto en cruzar el Atlántico en una avioneta, cuya amistad duraría hasta su muerte. El otro, desgraciadamente, fue Adolf Hitler. Los cohetes V-2, inspirados en los planos de Goddard, junto a los misiles V1, fueron utilizados en la guerra relámpago (Blitzkrieg) contra Londres, sembrando la muerte y la destrucción y dejando al país británico al borde de la rendición. Desgraciadamente para el führer, nada pudo hacerse contra el poder devastador que supondría un punto y aparte demoledor en la historia de la Humanidad.


Edición inglesa de El mundo liberado (1914)
y explosión atómica de Nagasaki (1945)

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Fuentes:

KAKU, Michio, Física de lo imposible, ed. Debate, 2009
Artículo sobre Leó Szilárd en Wikipedia
Artículo sobre Robert Goddard en Wikipedia

Di NO a la marea roja

“En las llanuras del desierto, vivíamos pacíficamente con el entorno los números rojos. Nos agrupábamos en pequeños colectivos repartiéndonos las tareas y compartiendo el fruto de nuestros esfuerzos.”

Este fragmento del discurso que el activista radical Minus Sexto hizo la semana pasada en su esfuerzo por exaltar a las masas no deja de ser una grave mofa a la inteligencia. Resulta insultante que a lo largo de su extensa perorata no haga la más mínima mención a las penurias que sufría el pueblo rojo en el desierto, intencionada obliteración que borra consigo los despreciables rituales que practicaban las tribus rojas antes de nuestra llegada. Abominables.

De acuerdo con los estudios de Quinto Secundo, la llegada del Imperio ayudó de manera esencial en la erradicación de estos enfermizos rituales gracias al devoto servicio de nuestros misioneros y el firme ejercicio de la Ley, aunque sabemos con certeza que “Ellos” aún siguen practicando algunas de aquellas atrocidades en el interior de sus tiendas. Pero no os preocupéis. Sabemos que vosotros sois decentes y por eso queremos avisaros del peligro para que no caigáis en su trampa.

El Imperio enseñó a vuestros antepasados a sistematizar e individualizar las tareas, e invirtió mucho tiempo y esfuerzo en enseñarles a incrementar la producción de estas tierras. El Imperio cambió sus sucias tiendas por vuestras casas decentes. Los vistió y levantó costosas defensas para protegerlos del enemigo exterior, igual que seguimos haciendo con vosotros. Les enseñamos que un número negro es sólo rojo cuando comete actos vergonzosos y así os habéis convertido en lo que sois, ciudadanos honrados de esta orgullosa nación.

Ahora, ciertos guarismos pretenden que os neguéis a devolver lo que un día os concedimos por vuestro bien. Claman que el reinado de Primo Tertio no os ha traído más que desgracias y que ha recortado vuestras libertades. Intentan inculcar la superstición de que Su nombre es sinónimo de mala suerte. Pero yo os digo que Su Imparidad no trajo más que prosperidad a estas tierras. Que nieguen las ciudades y los monumentos, que nieguen la televisión y vuestros coches. Harán todo lo posible por negar la civilización y el progreso que ha traído calor, agua y luz a vuestras casas. Esa pandilla de números de cabaret no podrán hundir nuestro mundo porque aquí está.

Pero para ello debéis seguir esforzándoos, para conservar el mundo que os está defendiendo de los horrores. ¿Queréis acaso volver a las yermas llanuras? ¿Abandonar vuestros hogares? ¿Exponer a vuestros hijos a las garras de las bestias? ¡No, no lo queréis! Ellos gritarán, pueden hasta cantar esos números. Yo os aseguro que desafinarán sin remedio. Dicen ahora que un número negro es un número rojo quemado. Yo os digo y os repito que no, que un número rojo es un número manchado con la sangre de sus antepasados, sus víctimas y sus sacrílegos rituales. Asesinos. Eso es lo que son y siempre serán. Nada más que eso. Asesinos.

Muchas gracias.

El palacio

El palacio era enorme. Tenía setecientas habitaciones; la mitad de ellas, dormitorios para los invitados. No había problema en que las veladas se alargaran en exceso de horas o de vino, unos vinos excelentes con los que se deleitaba a las visitas antes, durante y después de las exquisitas cenas que se celebraban en grandes mesas colocadas en los jardines, donde el para los paladares más finos que elaboraban en una cocina prodigiosa de la que sólo salían maravillas.

Los colchones eran comodísimos. Uno podía caer rendido sin miedo a no encontrar la postura adecuada: cualquier posición en la que uno se tumbara, aseguraba un sueño instantáneo. Incluso gente que no podía dormir boca arriba, se había despertado con la nariz apuntando a los altos techos de palacio. Tanto era así, que algunos huéspedes, frente a una amabilidad que nunca les negaba nada, se quedaban más de una noche, enlazando cenas hasta alcanzar la semana, a veces el mes. Algunos, incluso, se convertían en inquilinos permanentes. El número de habitaciones hacía que nunca faltara lugar para un nuevo invitado, y en caso de que lo hubiera, se habilitaban o se construían más si acaso fuera necesario.

Pero el problema de todo aquello era que el cuerpo se acostumbraba a la mullidez ideal de aquellos colchones. Ya se habían sucedido varios casos de visitas que, tras haberse ido a sus respectivas casas, habían vuelto, incapaces de conciliar el sueño en sus antiguos lechos. Sin ningún impedimento, se les permitía proseguir sus vidas en el palacio donde, a diferencia de solucionarse el problema, se agravaba. Las sillas les empezaban a resultar incómodas, y estar de pie suponía un esfuerzo insoportable. Incluso los mejores sofás acababan convirtiéndose en muebles sólo aptos para faquires.

Evidentemente, aunque pasaran tanto tiempo entre las sábanas, no pasaban todo el tiempo durmiendo, pues el cuerpo no aceptaba más que las horas de sueño que exigía. Para evitar el tedio de los “tumbados”, se colocaban televisores en cada uno de los dormitorios, libros, revistas, radio y juegos de mesa. A los casos más graves, se les llevaba el desayuno, la comida y la cena a la habitación, incluido cualquier refrigerio que se le pudiera antojar. Como en un hospital, los familiares venían a verlos, yendo con cuidado de no acomodarse demasiado. Había habido casos de visitas de las convalecientes antiguas visitas que habían acabado durmiendo en la sala contigua.

Paulatinamente, la circunferencia de sus cinturas iba aumentando, y la blandura de sus carnes, que cada vez se volvían más fofas, se asemejaba más a los pliegues de las sábanas de seda y no a su tacto. Como bebés zangolotinos gigantescos, las moles dejaban de respirar al cabo de los años. Entonces, como ballenas varadas, eran transportados entre varias personas con ayuda de palancas, poleas y carros especiales, al “cementerio” de palacio. Eran enterrados en los todavía más extensos jardines, donde nunca podría faltar espacio y donde se descomponían y se fundían con el suelo negro y fértil, nutriendo la tierra y haciendo florecer los rosales.

Un aroma embriagador invadía el aire en las noches de verano cuando las visitas, después de cenar, salían afuera a sentarse y a charlar relajadamente, en mitad de aquel paraíso en la tierra, sin preocuparse de beber demasiado ni de alargar en exceso su estancia, confiados y sabedores de que allí, en aquel palacio espectacular y como fuera del tiempo, nunca les iba a faltar una cama donde descansar.

Vasos comunicantes (7/7)

Una noche, desesperado, llamé a la policía para que viniera a mi domicilio. En plena madrugada, los agentes se personaron en mi puerta, los invité a pasar y les expliqué la historia. Todo mi cuerpo temblaba, mi carne parecía ser de gelatina electrocutada, mi voz reverberaba como un fuego a punto de extinguirse, como si estuviera bajo los efectos de la combinación de drogas mal cortadas. La pareja de policías no me tomó en serio, creyeron que deliraba y me acabaron tratando como a un yonqui. Por mucho que intenté hacerles entrar en razón, que vieran lo verdaderamente grave que era la situación, avisaron a una ambulancia y acabé en el hospital, sufriendo el efecto de los sedantes y un lavado de estómago. A lo largo de aquel infierno insomne, me arrebataron mi vaso. Aunque me abracé a él con todas mis fuerzas, los químicos me arrebataron la voluntad y la conciencia, que no recuperé hasta el mediodía del día siguiente. Fui internado en un centro de salud, donde comparto celda con un tipo que mantiene un idilio con el botón superior de su camisa, al que recita en susurros poemas de amor. Cuando nos obligan a acostarnos, me quedó tendido en la infinitud de las horas viendo la luz de la luna y el sol traspasando los diminutos huecos que perforan la persiana. Sigo contemplando oscuros amaneceres, sin conciliar el sueño. Nada del nuevo día anuncia nada nuevo. Siempre es lo mismo, siempre, a la misma hora, la misma voz vuelve a gritarme sin descanso: SOCORRO.


Vasos comunicantes (6/7)

Entonces, ¿de quién había sido aquella fulminante aria de terror? ¿Cómo descubrirlo? Aguardé durante la noche a ver si volvía a suceder, pero no pasó absolutamente nada. No fue hasta dos noches después que volvió a desvelarme la voz de la que descubrí era una mujer. Intenté llamarla inútilmente. Gritaba y gritaba sin cesar desde las tres hasta las cinco y media de la madrugada. Volví a ir al trabajo con un sueño terrible, pero por la noche continué montando guardia. Desde entonces, no falló ni una sola vez. Intentaba preguntarle el nombre, el lugar donde se encontraba, pero parecía no escucharme. A las dos semanas empecé a faltar al quiosco por razones de salud. El médico me firmó la baja sin problemas al verificar el estado pésimo en el que me encontraba. Y los chillidos hielasangres no se acallaron ninguna noche. A la tercera semana, interpreté lo que parecía la voz de un hombre. Tenía un acento muy marcado. No pronunciaba las zetas, seseaba. No paraba de increpar a la víctima y ella no podía detener el llanto. Era como un cordero en un matadero desquiciado o en un manicomio homicida. Hacía quinientas horas que no dormía.


Vasos comunicantes (5/7)

No pude soltarlo. Estuve en vela hasta no sé qué hora. Las luces del amanecer me sacaron del letargo en el que acabé cayendo todavía con el tubo de cristal aferrado entre las manos. Atolondrado y dolorido, como si me hubieran dado una paliza, me levanté del suelo de terraza del balcón sin saber cómo había ido a parar allí. En cierta manera fui a trabajar como el que se va a por tabaco para no volver más de tan trastornado que estaba. Pero recién terminé la jornada, volví a mi casa, deteniéndome en el locutorio que se encuentra en frente para enviarle un correo a mi ex compañero y así saber qué había sucedido aquella noche, si se encontraba bien. Cuando abrí el buzón electrónico, vi que ya un mensaje suyo esperándome. Explicaba que había sido un accidente, que lo había tirado por torpeza al querer retirar una servilleta de debajo. Pensé que tal vez pudiera reestablecerse la conexión con algún otro extraño ritual, pegando los fragmentos y pronunciando alguna contraseña especial, pero él señalaba que era inútil. Después de expresar su pena por no poder seguir en contacto, me avisó de algo realmente importante: una vez que un vaso ha perdido su pareja podía ligarse a otro de cualquier lugar del mundo. Cualquier lugar del mundo.


Vasos comunicantes (4/7)

Al día siguiente, tras siete horas de contar, puntear, empaquetar y devolver revistas y periódicos en el quiosco como un zombi, leí frente a un ordenador de la biblioteca del barrio lo que le había sucedido a mi ex compañero de piso y a su vaso. La verdad es que me sentí muy solo cuando desapareció su voz. Dejé mi vaso sobre la estantería del dormitorio, como siempre hacía con las cosas que quería proteger de los recorridos nocturnos del gato, un animal inverosímilmente torpe. Sobre la una y media, me despertó una especie de chillido ahogado. El gato estaba recostado a mis pies, igual que la primera vez que oí voces emanando del recipiente, y en seguida pensé que la conexión había sido reestablecida. Salí de la cama, cogí el vaso y lo llamé, pero como respuesta, en vez de un melodioso acento, oí un estridente y espeluznante alarido lleno de lágrimas. Como un cuchillo de hielo, aquel canto de cisne despiadado me desgarró las entrañas. Y luego, de nuevo, sonido de vidrios rotos.


Vasos comunicantes (3/7)

Aquel vaso era suyo, lo había traído desde México junto con el otro que tenía en frente suyo, en Japón. Durante un mes había buscado la pareja, había incluso intentado llamar a través del recipiente, pero nadie le había contestado, así que imaginó que debía de haberse extraviado y estar oculto en algún lugar. Eran objetos con poderes. En su composición, el vidrio contenía arena del desierto de Sonora, cuyas propiedades comunicativas conocían desde hacía siglos los nativos norteamericanos. Tras la colonización, y pese a los avances tecnológicos (la mayoría de los cuales, dicho sea de paso, no había llegado a la mayoría de las aldeas), habían conservado este singular sistema para enviar mensajes a larga distancia concentrando la tierra del desierto en pequeños vasos, una recreación mágica de aquel invento de la infancia creado a partir de recipientes de yogur e hilo de coser. Desde entonces los comenzamos a utilizar, saludándonos cada mañana sin necesidad de teléfono. Aquella comunicación imposible, sin cables ni satélites ni mecanismos hipercomplicados, se instaló en mi rutina de tal manera que el día que se cortó, quedé desolado. Fue una interrupción súbita. Oí algo parecido a un brevísimo ¡NO! seguido de una ráfaga de viento chocando contra un micrófono y el principio de lo que parecía un balón estrellándose contra una ventana. Después, silencio.


Vasos comunicantes (2/7)

Al acercarme, lleno de asombro, el sonido se incrementó y pude escuchar algo similar a la recitación de una lista en una lengua que me sonaba vagamente. El sonido monocorde hacía vibrar el cristal cuyos dibujos grabados reverberaban bajo los rayos del sol. No me había fijado en ellos hasta el momento. Eran de estilo precolombino, las caras y las plumas en las cabezas de los personajes lo indicaban. A través del cuerpo transparente se ondulaban centenares de serpientes. No entendía nada, pero en un destello de lucidez pude reconocer a quién pertenecía la voz. Era la de mi antiguo compañero de piso, sin duda, que se había marchado a una escuela en Osaka a practicar el idioma japonés. Así de raro era él. Aunque resultaba increíble. ¿Cómo podía estar oyéndolo? Algo aturdido, con un hilo de voz que apenas me salía de la garganta, lo llamé. Su voz se detuvo, dijo algo en japonés, hubo otra pausa, y luego prosiguió su monólogo. Volví a repetir su nombre y calló de nuevo. Entonces, le grité al vaso y él respondió. Por su tono de voz, pensé que estaba tan sorprendido como yo, pero en realidad estaba contento, muy contento.


Vasos comunicantes (1/7)

Mi historia comienza después de comer, estirado en el sofá. Apenas había empezado a quedarme dormido cuando me pareció que el gato decía algo. Más bien lo susurraba, como si hablara desde un lugar lejano. El gato estaba recostado a mis pies y sus ojos amarillos me miraban como si trataran de hipnotizarme. Pero su boca no se movía. Pronto me di cuenta de que la voz provenía de detrás de mí, donde sólo quedaban los restos del almuerzo sobre la mesa sin recoger, teñida por el sol de las tres de la tarde. Pensé que sería alguien dando voces desde la calle. Me acerqué a la ventana para ver qué pasaba pero fuera no había nadie. Era domingo y todo el mundo debía de estar echando la siesta. La voz volvió a sonar, otra vez detrás de mí, y entonces descubrí, para mi desconcierto, que provenía del vaso del que justo unos minutos antes había estado bebiendo.


De cómo los peces no pudieron volver al mar

Caminaba por el suelo pero no lo sentía. Podía ver la tierra, el fango, las briznas de hierba, los rastrojos, los arbustos espinosos, las piedras, las rocas, la arena, los gusanos retorciéndose en el barro húmedo la mañana después de la lluvia de madrugada, el moho, el estiércol y las raíces, pero no notaba que hiciera pie en ningún sitio.

Como si fuera una gran mentira lo que se extendía, como si fuera éter o flogisto, algo que se suponía que había estado ahí siempre pero que acababa resultando absolutamente imaginario. Podía introducir las aletas en la tierra mojada y extraer un terrón bullente de vida o arrancar con ellas un manojo de flores hermosas pero sus sentidos parecían anestesiados frente a ello como si, sin explicación alguna, nada cambiara, como si él se acercara a las cosas pero las cosas nunca se acercaran a él.

No había nada entre su cuerpo y el suelo que parecía aguantarlo. Por no existir, no existía ni contacto. Aquella incómoda sensación había acabado convenciéndole de que vivía en una ilusión, que en realidad no estaba ahí sino en el entorno gráfico de un sistema operativo que había acabado por conquistarlo todo, ciberespacio disfrazado, cosas más allá de sus conocimientos pero en las que había decidido creer de una manera desorbitada.

Tanto era así que salir de él se convirtió en su obsesión. Leyó pilas enormes de mamotretos de informática para torpes mientras navegaba las horas entre la caja y la pantalla del ordenador, aislado del resto de personas que no sólo no lo comprendían sino que lo tomaban por un loco, un hikikomori y un freak de la tecnología, nombres que para él significaban una única cosa: no lo querían, y los que no le amaban no alcanzarían nunca la salvación.

Pero su computadora sí. Ahí era donde encontraba el consuelo que ni siquiera la tierra podía reportarle. Sus escamas entendían, asimilaban el tacto de plástico y el metal, de los contornos romos y el calor de su cuerpo prismático y ronroneante, mantra gatuno, que surgía de su interior desmontado y montado con extrema minuciosidad e infinidad de veces, revelando sólo a los elegidos el secreto oculto del silicio y la electricidad.

Lo que empezó como terror acabó en amor. El engaño del mundo, la creencia falsa de la vida “ahí fuera”, lo había empujado a la fe ciega en aquella máquina y su poderosa conexión a la red. Podía entrar en sitios donde nadie más podía entrar, haciendo volar las contraseñas, desencriptando archivos cifrados, borrando sus huellas, burlando a los rastreadores de los guardianes, mientras tantas y tantas puertas se cerraban tras de sí.

Cada paso restringido habilitado, cada aplicación conseguida, cada avatar agasajado, cada juego superado, lo alejaban más y más tanto de aquel mundo en el que había sufrido la incapacidad de respirar como del plan de fuga original. Se sentía como pez en el agua cuando navegaba, podía nadar, podía sentir la libertad de moverse en un espacio que no lo ignoraba. Ahora era feliz sintiéndose arropado por todos aquellos que eran como él y lo acompañaban en su viaje submarino al interior de la red.