Vasos comunicantes (3/7)

Aquel vaso era suyo, lo había traído desde México junto con el otro que tenía en frente suyo, en Japón. Durante un mes había buscado la pareja, había incluso intentado llamar a través del recipiente, pero nadie le había contestado, así que imaginó que debía de haberse extraviado y estar oculto en algún lugar. Eran objetos con poderes. En su composición, el vidrio contenía arena del desierto de Sonora, cuyas propiedades comunicativas conocían desde hacía siglos los nativos norteamericanos. Tras la colonización, y pese a los avances tecnológicos (la mayoría de los cuales, dicho sea de paso, no había llegado a la mayoría de las aldeas), habían conservado este singular sistema para enviar mensajes a larga distancia concentrando la tierra del desierto en pequeños vasos, una recreación mágica de aquel invento de la infancia creado a partir de recipientes de yogur e hilo de coser. Desde entonces los comenzamos a utilizar, saludándonos cada mañana sin necesidad de teléfono. Aquella comunicación imposible, sin cables ni satélites ni mecanismos hipercomplicados, se instaló en mi rutina de tal manera que el día que se cortó, quedé desolado. Fue una interrupción súbita. Oí algo parecido a un brevísimo ¡NO! seguido de una ráfaga de viento chocando contra un micrófono y el principio de lo que parecía un balón estrellándose contra una ventana. Después, silencio.

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