Vasos comunicantes (2/7)

Al acercarme, lleno de asombro, el sonido se incrementó y pude escuchar algo similar a la recitación de una lista en una lengua que me sonaba vagamente. El sonido monocorde hacía vibrar el cristal cuyos dibujos grabados reverberaban bajo los rayos del sol. No me había fijado en ellos hasta el momento. Eran de estilo precolombino, las caras y las plumas en las cabezas de los personajes lo indicaban. A través del cuerpo transparente se ondulaban centenares de serpientes. No entendía nada, pero en un destello de lucidez pude reconocer a quién pertenecía la voz. Era la de mi antiguo compañero de piso, sin duda, que se había marchado a una escuela en Osaka a practicar el idioma japonés. Así de raro era él. Aunque resultaba increíble. ¿Cómo podía estar oyéndolo? Algo aturdido, con un hilo de voz que apenas me salía de la garganta, lo llamé. Su voz se detuvo, dijo algo en japonés, hubo otra pausa, y luego prosiguió su monólogo. Volví a repetir su nombre y calló de nuevo. Entonces, le grité al vaso y él respondió. Por su tono de voz, pensé que estaba tan sorprendido como yo, pero en realidad estaba contento, muy contento.

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