Vasos comunicantes (5/7)

No pude soltarlo. Estuve en vela hasta no sé qué hora. Las luces del amanecer me sacaron del letargo en el que acabé cayendo todavía con el tubo de cristal aferrado entre las manos. Atolondrado y dolorido, como si me hubieran dado una paliza, me levanté del suelo de terraza del balcón sin saber cómo había ido a parar allí. En cierta manera fui a trabajar como el que se va a por tabaco para no volver más de tan trastornado que estaba. Pero recién terminé la jornada, volví a mi casa, deteniéndome en el locutorio que se encuentra en frente para enviarle un correo a mi ex compañero y así saber qué había sucedido aquella noche, si se encontraba bien. Cuando abrí el buzón electrónico, vi que ya un mensaje suyo esperándome. Explicaba que había sido un accidente, que lo había tirado por torpeza al querer retirar una servilleta de debajo. Pensé que tal vez pudiera reestablecerse la conexión con algún otro extraño ritual, pegando los fragmentos y pronunciando alguna contraseña especial, pero él señalaba que era inútil. Después de expresar su pena por no poder seguir en contacto, me avisó de algo realmente importante: una vez que un vaso ha perdido su pareja podía ligarse a otro de cualquier lugar del mundo. Cualquier lugar del mundo.

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