Renée, de Ludovic Debeurme


Norma Editorial publicó hace eones (mayo de 2007) Lucille, cómic de Ludovic Debeurme que ganó en 2006 el premio René Goscinny y uno de los Esenciales del festival de Angoulême al año siguiente. Es un cómic que me pareció brutal, marco de una bellísima y dura historia adolescente de soledad y encuentro. Desgraciadamente, era "la primera parte de". La segunda, Renée, no salió hasta enero de 2011. Por estos lares, ya afincados en el 2013, no tiene pinta de que vaya a ser traducida, del mismo modo que no será publicada la segunda parte (y siguientes) de Dungeon Quest de Joe Daly. En la librería me aseguran que cuando no se vende bien el primer tomo de una obra de estas características, no se arriesgan con más.

Me lo compré en francés a través de Amazon. Lo primero que cabe decir es que podría haber sido dibujado por otro autor. El estilo de Debeurme ha cambiado mucho. Ha pasado de un dibujo minimalista a otro más recargado. El estilo que en el primer tomo ayudaba a aligerar la historia (pues la página "pesaba" menos, era "más blanca" y menos atiborrada de tinta), ahora la ralentiza y endurece. Busca un realismo grotesco que me recuerda a Joan Cornellà o a Daniel Clowes cuando se pone a hacer retratos detallados. Está claro que Debeurme es más ilustrador que historietista. Se curra a muerte los retratos, completamente estáticos. Las acciones, en cambio, están representadas con un estilo más sencillo que muchas veces tiene fallos en las proporciones, dando la impresión de que dibujar tantas veces lo mismo le hastía.

Mientras que en Lucille la distancia entre el estilo más elaborado y el más simple no era tan acentuada, aquí es abismal. Te mueve de "qué pasada" a "qué cutre" en un golpe de hoja. Pero lo peor de ese realismo grotesco es que es tan espeluznante como desagradable. Unamos esto a los sueños, extraños y grimosos, que han ganado papel  respecto a la primera historia pero no relevancia. Son momentos oníricos que, estoy seguro, Debeurme dibuja porque le apetece. La mayoría podría eliminarse y no supondría pérdida para la trama, ya de por sí perdida. No parece que sepa hacia dónde tirar ni para qué.

Deja a Lucille y Arthur (los anteriores protagonistas) en un segundo plano para presentar a un nuevo personaje, una chica llamada Renée con tendencias suicidas. Lo extraño es que ella sea la única que se haya cortado las venas, dadas las vidas de los demás. Tampoco, para qué negarlo, es interesante, pues es más de lo mismo, nada nuevo respecto a los demás. Luego, para rematar, está ese final desastroso, con un deux ex machina para salir del paso y arrojar algo de esperanza. Y un mojón. El autor es inmerecidamente cruel con sus personajes y no me vale que intente darle la vuelta la tortilla en el último segundo. Si los has puesto a nadar en un charco de purines, no pueden acabar oliendo a rosas.

 Después de tanto esperarlo, y tras decidirme a gastarme el dinero y leerlo en francés, ha sido una decepción. Por suerte, puede pensarse en el primer volumen como una obra acabada de final abierto, y olvidar el segundo, y soñar una vida mejor para Lucille y Arthur.

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