Superman, Zack Snyder vs James Gunn

Doce años he tardado en ver El hombre de acero. Entonces, y ahora, las críticas no invitan a sentarse dos horas y media frente a la pantalla. No obstante, tras ver el Superman de James Gunn, he querido compararlas. Si bien no he leído sus cómics, como sí hice en mi adolescencia con los de Spider-Man o Lobezno, sí tengo algo de contexto acerca de lo que representa.

Mi opinión acerca de la versión de Zack Snyder no dista demasiado de la que tuve con Batman vs Superman. Creo que odiarla se convirtió en un meme, y eso hizo que las críticas se propagaran y fueran cada vez más feroces. Eso sí, entiendo el descontento, porque el héroe que encarna Henry Cavill carece de la esencia que hace a Superman ser quien es.

Snyder presenta un personaje oscuro, atormentado por sentirse diferente y por culpabilizarse de lo que le ocurrió a su padre. Vaga sin rumbo buscando una respuesta hasta que la encuentra. Pero ese hallazgo desata todo el caos posterior. Es imposible que tras los acontecimientos los gobiernos no vean al héroe de la capa roja como una amenaza al nivel de la bomba nuclear.

En los tebeos, Superman es el reverso de Batman. Es la luz, los ideales de un país con esperanza. Proteger a los más débiles o preservar la paz están entre sus mayores valores. En El hombre de acero no hay nada de eso. Metrópolis es reducida a polvo, con decenas o centenares de muertos, y Superman ni pestañea. Es un semidiós que ignora el sufrimiento de los humanos.

La contraparte de esto es que las batallas, como en Batman vs Superman, se ven espectaculares y se sienten colosales. Los combates son vibrantes y destilan espectacularidad en cada plano. Los tonos azulados y los encuadres conceden a la película ese halo épico ausente en las producciones recientes del género. En ningún momento un chiste tonto te extrapola de la gravedad de las situaciones.

Obviamente, la versión de James Gunn se encuentra en el lado opuesto del espectro. Superman es amable, hace todo lo posible por rescatar a todo el mundo, por mantener la ilusión de los niños. Sin vergüenza, lleva sus calzoncillos por fuera, sonríe. Disfrazado de Clark Kent, es torpe y encantador. Hasta tiene un perro que es tan trasto como adorable.

Reparte humor y buen rollo por doquier, contiene toda la luz que no se puede encontrar en la adaptación de Snyder. Pero no hay grandeza, como tampoco profundidad, en el personaje. Con Snyder repasamos su infancia, el peso que tienen sus padres en él, tanto los terrícolas (Jonathan y Martha Kent) como los kryptonianos (Jor-El y Lara Lor-Van) y cómo las decisiones que tomó lo han conducido a ser quien es.

Con James Gunn, quien ya confesó que no consideraba necesario volver a contar los orígenes de héroe, nos encontramos en un mundo donde Clark Kent ya es periodista, sale con Lois Lane, y Lex Luthor es un poderoso magnate que lo odia a muerte. Incluso la Tierra está tan habituada a ser el escenario de batallas superheroicas contra amenazas extraplanetarias que se hace un chiste sobre ello.

El problema es que, como he dicho, no sé mucho más del universo de DC fuera del cine. Los héroes de la película me son completamente desconocidos, y aparecen sin apenas presentación. Son todos guiños lanzados desde la ventanilla de un tren bala. Y entre cada una de las ventanillas hay escrito un chistes estúpido. Me pareció un bodrio al nivel de las últimas de Marvel.

Sí, Snyder falló al representar al héroe más icónico y querido, pero ofreció, pese a sus flaquezas y agujeros de guion, una historia completa. Gunn ha dibujado a la gran S casi al dedillo, pero es un retrato pintado con fuegos artificiales: brilla en un punto inesperado del firmamento y desaparece bajo otro resplandor vacuo. De tener que volver a repetir, elegiría la de Snyder sin dudarlo.

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