Croqueta y Empanadilla 3, Los 7 hijos del dragón y La Saga de los Bojeffries


Se nota que la serie está perdiendo frescura. Croqueta y Empanadilla ya no crujen como antes. Las gracias se han reblandecido y las novedades introducidas no acaban de convencer. Sin duda, aunque no deja de ser entretenido, el volumen anterior me divirtió mucho más.



Me esperaba una antología de relatos clásicos pero, en realidad, es una parodia de estos. Por desgracia, su humor absurdo se queda en el mero chascarrillo. El único cuento reseñable es El humilde Byakuroku, de tono más serio pero también más redondo y emotivo.



No sé si es que es muy británico o que han envejecido mal, pero no he podido con los dislates de esta esperpéntica familia. Me tenía que esforzar para leerlo, porque me aburría sobre manera. Al final, lo di por perdido sin haber leído ni una tercera parte.

Renalies Renfe: No hay baños para ti

Figura de caganer defecando sobre el logo de Renfe Cercanías
Fotomontaje de Berta Blasi

Me he equivocado de tren. Hacía tiempo que no me sucedía. Por suerte, no fui a parar demasiado lejos. El andén de Santa Perpètua de la Mogoda es diminuto. Sólo tiene una vía para ambos sentidos. La estación es pequeña, con un par de bancos, una oficina y dos puertas cerradas.

El tren de regreso debía llegar a las 16:52. Evidentemente, se retrasó más de un cuarto de hora. Lo que no era tan pronosticable es que hubiera un empleado de Renfe allí, pues acostumbran a brillar por su ausencia. Recortes, entendemos.

Tengo problemas de riñón, y entre el desvío por subir a la línea equivocada (la infame R3) y la demora, mi necesidad se convirtió en urgencia. Intenté esperar por miedo a perder el tren, pero no pude más. Los riñones empezaban a apuñalarme las lumbares cuando entré en la estación.

A la derecha, vi dos puertas blancas. Intenté abrirlas pero estaban cerradas. Me giré y vi a la empleada de Renfe con su chaleco naranja. Le pregunté por los lavabos. No recuerdo si me contestó que no había, o hizo algún gesto negando con la cabeza. Estaba algo aturdido.

lancé la mirada hacia la puerta abierta del despacho detrás de ella. Debió de leer mi rostro. Me dijo que aquello era un despacho. Me agaché para sentarme, resignado, pero volví a sufrir una punzada en los riñones, aún más fuerte. Decidí perder el tren. Iría al baño de algún bar cercano.

Solté una súplica lastimera: "Es que tengo problemas de riñón...". Estaba a punto de continuar con un "¿No sabrían de algún bar que...?" cuando uno de los pasajeros sentados en el banco me interrumpió: "Mira, sí que hay servicios, pero no te los quieres ofrecer". Seco, tajante, sincero.

Empezó, entonces, a criticar las instalaciones de la Renfe con una voz grave y airada. La empleada salió del despacho con unas llaves y quiso callarlo bruscamente: "No hable tanto que ya iba a abrirle la puerta". Se pusieron a gritar. Yo tenía la cabeza embotada. Sólo quería ir al baño.

Me abrió la puerta mientras seguía discutiendo con el hombre. Entré y me puse a mear. A medida que la congestión de mis riñones disminuía cañería abajo, las voces subían de volumen, y se agriaba todavía más el tono.

Su sumó otra voz, más mayor, para acusar al otro pasajero de ser un pesado. Lo hizo con una vehemencia exagerada. El otro, sin despeinarse, lo llamó maleducado. El viejo se encabrito y cayó en un bucle de telenovela desbordado de drama: "¡Es usted un pesado, pesado, PESADO!".

Cuando acabé de lavarme las manos, salí. La bronca había finalizado pero la sala de espera estaba inundada por una calma tensa e incómoda. Hubiera querido romper una lanza a favor del pasajero que me defendió, pero me encontraba mal, terriblemente cansado. Me puse el ignominioso disfraz de padefo y salí de la diminuta estación.

De vuelta en casa, ya mejor, he escrito una queja en la web de Gencat para que, como dice mi pareja, se limpien el culo con ella. Es lo que suelen hacer con todas las reclamaciones que ella les manda por culpa de los infinitos retrasos.

Me sabe fatal no haberle dado las gracias al hombre que ha recriminado a la empleada que no me dejaran utilizar el servicio. Tampoco voy a pensar mal de ella. Que me haya dejado entrar por las palabras de ese hombre o por que lo creyera conveniente me resulta irrelevante.

Los auténticos culpables son Renfe-Adif, la Generalitat y el Gobierno. Ni antes se preocuparon por las instalaciones de las estaciones, ni ahora que traspasaron las competencias están los nuevos mejorando aquello que tanto criticaban.

En Santa Perpètua no hay aseos públicos, como tampoco los hay en Plaça de Catalunya, centro neurálgico de la red de Rodalies de Barcelona. Descaradamente, Renfe nos está diciendo a todos que nos vayamos a cagar a la vía. Y, a lo mejor, es lo que tendríamos que empezar a hacer.

Taquicríticas: La teoría del todo, Vacaciones en el infierno, Rosewater, Así nos va, Bob Esponja 2 y Rey Gitano.

La teoría del todo (2014)

Típica biografía de científico más centrada en los sentimientos que en fórmulas, que defiende la importancia de la religión y que es completamente falsa. Las interpretaciones son excelentes.


Vacaciones en el infierno (2012)

Película de acción con antihéroe de estilo clásico muy entretenida. Mezcla tiroteos con humor y picaresca. Se nota que Mel Gibson disfrutó grabándola. ¿El porqué del título? Ni idea.


Rosewater (2014)

Drama de bajo presupuesto sobre el encarcelamiento del periodista Maziar Bahari por el regimen iraní. Me pareció plana y algo aburrida, aunque tiene algún giro interesante.


Así nos va (2014)

Comedia dramática con dos actores consagrados que se deja ver y entretiene sin hacer chistes de consoladores. Michael Douglas hace de viejo gruñón arrugado, lo contrario del cartel.


Bob Esponja, un héroe fuera del agua (2015)

Divertidísima, puede que hasta más que la primera, con un tramo final animado en 3D que es una delicia visual.


Rey Gitano (2015)

No pasé de los quince minutos y ya me comí el plano de un zurullo, presagio de lo que quedaba por venir de no haber pulsado el stop. Arturo Valls lo hace tan mal, pero tan rematadamente mal...

Los hombres grises


En el espejo había ahora la siguiente suma:
sueño: 441.504.000 segundos
trabajo: 441.504.000 segundos
alimentación: 110.376.000 segundos
madre: 55.188.000 segundos
periquito: 13.797.000 segundos
compra, etc.: 55.188.000 segundos
amigos, orfeón, etc.: 165.564.000 segundos
secreto: 27.594.000 segundos
ventana: 13.797.000 segundos
———————————————————
TOTAL: 1.324.512.000 segundos
—Esta suma —dijo el hombre gris, mientras golpeaba varias veces el espejo con su lápiz, con tal fuerza, que sonaba como tiros de revólver—, esta suma es, pues, el tiempo que ha perdido hasta ahora, señor Fusi. ¿Qué le parece?

Al señor Fusi no le parecía nada. Se sentó en una silla, en un rincón, y se secó la frente con el pañuelo, porque a pesar del frío estaba sudando.

El hombre gris asintió, serio.

—Sí, se está dando exacta cuenta —dijo—. Ya es más de la mitad de su fortuna inicial, los 2.207.520.000 segundos que hemos estimado que durará su vida, señor Fusi. Pero ahora vamos a ver qué le ha quedado de los cuarenta y dos años que ha vivido hasta ahora. Un año son treinta y un millones quinientos treinta y seis mil segundos, como sabe. Y eso, multiplicado por cuarenta y dos da mil trescientos veinticuatro millones quinientos doce mil.

Escribió esa cifra debajo del tiempo perdido:
1.324.512.000 segundos
-1.324.512.000 segundos
———————————————————
TOTAL: 0 segundos
Se guardó el lápiz e hizo una larga pausa para que la vista de la larga serie de ceros hiciera su efecto sobre el señor Fusi.

«Éste es, pues», pensaba el señor Fusi, anonadado, «el balance de toda mi vida hasta ahora».

Estaba tan impresionado por la cuenta, que cuadraba con tal precisión, que lo aceptó todo sin contradicción. Y la cuenta en sí era correcta. Éste era uno de los trucos con los que los hombres grises estafaban a los hombres en mil ocasiones.

—¿No cree usted —retomó la palabra, en tono suave, el agente nº XYQ/384/b—, que no puede seguir con este despilfarro? ¿No sería hora, señor Fusi, de empezar a ahorrar?

El señor Fusi asintió, mudo, con los labios morados de frío.

—Si, por ejemplo —proseguía la voz cenicienta del agente junto al oído del señor Fusi—, hubiera empezado a ahorrar una hora diaria hace veinte años, tendría ahora un saldo de veintiséis millones doscientos ochenta mil segundos. De ahorrar diariamente dos horas, el saldo, claro está, sería doble, es decir, cincuenta y dos millones quinientos sesenta mil. Y, por favor, señor Fusi, ¿qué son dos miserables horitas a la vista de esta suma?

—¡Nada! —exclamó el señor Fusi—. ¡Una pequeñez!

—Me alegra que se dé usted cuenta —prosiguió el agente—. Y si calculamos lo que habría ahorrado, en las mismas condiciones, en veinte años más, nos daría la señorial cifra de ciento cinco millones ciento veinte mil segundos. Todo este capital estaría a su libre disposición al alcanzar los sesenta y dos años.

—¡Magnífico! —farfulló el señor Fusi, poniendo ojos como platos.

—Espere —prosiguió el hombre gris—, que todavía hay más. Nosotros, los de la caja de ahorros de tiempo, no nos limitamos a guardarle el tiempo que usted ha ahorrado, sino que le pagamos intereses. Lo que significa que, en realidad, tendría usted mucho más.

—¿Cuánto más? —preguntó el señor Fusi, sin aliento.

—Eso dependerá de usted —aclaró el agente—, según la cantidad que ahorrara y el plazo en que dejara fijos sus ahorros.

—¿Plazo fijo? —se informó el señor Fusi—. ¿Qué significa eso?

—Es muy sencillo —dijo el hombre gris—. Si usted no nos exige la devolución del tiempo ahorrado antes de cinco años, nosotros se lo doblamos. Su fortuna, pues, se dobla cada cinco años, ¿entiende? A los diez años sería cuatro veces la suma original, a los quince años ocho veces y así sucesivamente. Si hubiera empezado a ahorrar sólo dos horas diarias hace veinte años, a los sesenta y dos años, es decir, después de un total de cuarenta años, dispondría del tiempo ahorrado hasta entonces por usted multiplicado por doscientos cincuenta y seis. Serían veintiséis mil novecientos diez millones setecientos veinte mil.

Tomó una vez más su lápiz gris y escribió también esa cifra en el espejo:
26.910.710.000 segundos
—Como puede ver usted, señor Fusi —dijo entonces, mientras sonreía por primera vez—, sería más del décuplo de todo el tiempo de su vida original. Y eso ahorrando sólo dos horas diarias. Piense si no merece la pena esta oferta.

—¡Y tanto! —dijo el señor Fusi agotado—. Sin duda que sí. Soy un infeliz por no haber empezado a ahorrar hace tiempo. Ahora me doy cuenta, y he de confesar que estoy desesperado.

—Para eso no hay ningún motivo —dijo el hombre gris con suavidad—. Nunca es demasiado tarde. Si usted quiere, puede empezar hoy mismo. Verá usted que merece la pena.

—¡Y tanto que quiero! —gritó el señor Fusi—. ¿Qué he de hacer?

—Querido amigo —contestó el agente, alzando las cejas—, usted sabrá cómo se ahorra tiempo. Se trata, simplemente, de trabajar más deprisa, y dejar de lado todo lo inútil. En lugar de media hora, dedique un cuarto de hora a cada cliente. Evite las charlas innecesarias. La hora que pasa con su madre la reduce a media. Lo mejor sería que la dejara en un buen asilo, pero barato, donde cuidaran de ella, y con eso ya habrá ahorrado una hora. Quítese de encima el periquito. No visite a la señorita Daria más que una vez cada quince días, si es que no puede dejarlo del todo. Deje el cuarto de hora diario de reflexión, no pierda su tiempo precioso en cantar, leer, o con sus supuestos amigos. Por lo demás, le recomiendo que cuelgue en su barbería un buen reloj, muy exacto, para poder controlar mejor el trabajo de su aprendiz.

—Está bien —dijo el señor Fusi—, puedo hacer todo eso. Pero ¿qué haré con el tiempo que me sobre? ¿Tengo que depositarlo? ¿Dónde? ¿O tengo que guardarlo? ¿Cómo funciona todo eso?

—No se preocupe —dijo el hombre gris, mientras sonreía por segunda vez—. De eso nos ocupamos nosotros. Puede estar usted seguro de que no se perderá nada del tiempo que usted ahorre. Ya se dará cuenta de que no le sobra nada.

—Está bien —respondió el señor Fusi, anonadado—, me fío de ustedes.

—Hágalo tranquilo, querido amigo —dijo el agente, mientras se levantaba—. Puedo darle, pues, la bienvenida a la gran comunidad de los ahorradores de tiempo. Ahora también usted, señor Fusi, es un hombre realmente moderno y progresista. ¡Le felicito!

Con estas palabras tomó el sombrero y la cartera.

—¡Un momento, por favor! —le llamó el señor Fusi—. ¿No tenemos que firmar algún contrato? ¿No me da algún papel?

El agente nº XYQ/384/b se volvió, en la puerta, y miró al señor Fusi con cierta desgana.

—¿Para qué? —preguntó—. El ahorro de tiempo no se puede comparar con ningún otro tipo de ahorro. Es una cuestión de confianza absoluta por ambas partes. A nosotros nos basta su asentimiento. Es irrevocable. Nosotros nos ocupamos de sus ahorros. Cuánto va a ahorrar es cosa suya. No le obligamos a nada. Usted lo pase bien, señor Fusi.

Con estas palabras, el agente se montó en su elegante coche y salió disparado.

El señor Fusi le siguió con la mirada y se frotó la frente. Poco a poco volvía a entrar en calor, pero se sentía enfermo. El humo azul del pequeño cigarro del agente siguió flotando durante mucho tiempo por la barbería, sin querer disolverse.

Momo (1973), de Michael Ende

David Brent: Life on the Road


David Brent: Life on the Road es la mejor película de Ricky Gervais que he visto hasta la fecha. Y no era difícil. Special Correspondents es una mierda, The invention of Lying, otra. También protagonizó, aunque no dirigió, Ghost Town, y ni la recuerdo, pero creo que estaba en la línea de The invention.

Aquí recupera al jefe de The Office, aquel imbécil integral que quería ser amigo de sus empleados, y consigue transportar el humor ácido de sus series a la gran pantalla, donde siempre pincha. Aquí, por suerte, se mantiene en una buena línea y debo decir que me he reído mucho.

El problema es que, no sé si por contacto con los Estados Unidos, busca redimir al personaje. ¿Por qué? ¿Qué falta hace? ¿Y por qué siempre de manera tan ñoña y cliché? Ahora resulta que todos sus personaje son así porque están solos y se sienten incomprendidos. ¡Y la respuesta es el amor!

Mascots de Christopher Gest es mucho mejor en ese sentido. Consigue darle un giro a la percepción que tenemos de sus ridículo elenco, pero no nos hace tragar un pastel en forma de corazón, ni siquiera de compasión. Sus personajes no lo necesitan porque ellos creen en lo que hacen, y les llena.

Pese a esa obsesión por buscar el lado positivo de las cosas, y de querer solucionarlo todo, David Brent vuelve a regalarnos tronchantes momentos llenos de incomodidad, y unas canciones con unas letras que valen sus rimas en oro.