Recomendaciones: Comanchería e Isla de Perros

Comanchería (Hell or High Water, 2016)

Llegué a esta película por recomendación de mi pareja, a quien le había sorprendido muy gratamente durante el Festival de Sitges de 2016.

En Texas, una pareja de hermanos se dedican a robar bancos, mientras huyen de la policía. No son carismáticos antihéroes, son pobres. Las secuelas de la crisis financiera de 2008 parchean las calles con persianas de cierre y carteles de liquidación. El título original nos da a elegir: ¿vivir con el agua al cuello, o el infierno? Ellos ya han tomado su decisión.

La pérdida de esa frase hecha ejemplifica lo mucho que se pierde con la traducción. El doblaje no puede mantener el acento sureño de los protagonistas, ese inglés medio murmurado que se arrastra como un estepicursor por el desierto. A unas buenas interpretaciones, se suman una bella y desoladora fotografía, un ritmo pausado y un guión que invita a reflexionar.


Isla de perros (Isle of dogs, 2018)

Fantasticó Sr. Fox me la recomendó mi cuñada, y fue toda una sorpresa después de lo mucho que aborrecí The Royal Tenenbaums, la primera que vi de Wes Anderson.

Una misteriosa epidemia de gripe canina obliga al alcalde de la ciudad de Megasaki a decretar el destierro de todos los perros a una isla de basura por tal de evitar el contagio a humanos. Su sobrino, el pequeño Atari Kobayashi, se revela y construye un avión para volar hasta la isla y rescatar a su querida mascota.

Isla de perros no es tan anárquica como Fantástico Sr. Fox, pero sí muy loca, como refleja su argumento. Para mayor frenesí, los personajes hablan tanto inglés como japonés. No desmerece a la anterior en la calidad de la animación en stop-motion. El diseño de personajes y escenarios es maravilloso, igual que su humor, lleno de ironía, momentos absurdos y payasadas.*

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* Me hace gracia como en el cartel de la película han superpuesto el título en español sobre los ideogramas japoneses, invirtiendo los significados. Así, "isla" está sobre el ideograma de perro, y "perros" sobre el kanji de isla.

El botones de verde caqui de Yann y Schwartz


El dibujante Yann y el guionista Olivier Schwartz fueron contratados para relanzar un título clásico sobre la Segunda Guerra Mundial de un autor fallecido. Desgraciadamente, después de mucho trabajo, los herederos cambiaron de idea y decidieron aparcar el proyecto de resucitar la obra de su padre. Disgustados porque tanto tiempo dedicado quedara en agua de borrajas, decidieron presentarle la historia a la editorial con Spirou.

Tres años antes, en 2006, Dupuis había iniciado una colección paralela a las aventuras canónicas del famoso botones de rojo titulada El Spirou de... o Las aventuras de Spirou y Fantasio por... En esta colección se buscaba ofrecer libertad creativa a autores para que desarrollaran su visión del personaje sin las trabas que supondría una historia incrustada en la cronología oficial. Schwartz y Yann recibieron el visto bueno y El botones de verde caqui vio la luz en 2009.

La historia sorprende. Siendo lector de Astérix y Tintín, menos conocedor de Spirou, más o menos tengo una idea del tono esperable de un guión del personaje. Y no es lo que me esperaba. En plena ocupación nazi de Bélgica, Spirou trabaja de botones en un hotel ocupado por el ejército enemigo mientras filtra información secreta a la resistencia. Nada está dulcificado: vemos torturas, hambre, penurias,... Es un alegato contra el fascismo claro y sin cortapisas.

El apartado gráfico también es espectacular. Schwartz hereda el estilo de Yves Chaland, conocido por fusionar el estilo de la Escuela Belga deudor de Hergé con el de la Escuela de Marcinelle heredera de los tinteros de Jijé y Franquin). Aúna la línea más limpia y menos recargada de Tintín con el mayor dinamismo y caricaturización de los personajes. Unido al fantástico coloreado de Laurence Croix, el dibujo de Schwartz hace de este álbum una maravilla deliciosa de contemplar.

Es, además, un homenaje a la genealogía de artistas que han tenido a su cargo las aventuras del botones, y un homenaje a los grandes representastes de la escuela francobelga. Hay infinitos guiños en nombres de calles y personajes secundarios. La cuidada edición de Dibbuks no desmerece el trabajo realizado. Objeto y obra se convierten en un lujo para cualquier coleccionista y amante de la historieta. Sin duda, hay que tenerlo y disfrutarlo.

La terrible realidad ridícula: En el sótano (Im Keller) y American Vandal


Los austríacos y los sótanos. ¿Qué pueden guardar bajo tierra, qué ocultan? De algún modo que no llego a entender, el director vienés Ulrich Seidl consigue que le abran la puerta una serie de personajes totalmente pintorescos. Autor de la impactante trilogía de Paraíso (Amor, Fe y Esperanza), desciende aquí a los infiernos de sus compatriotas, quienes muestran sus ambajes aficiones y obsesiones que distan mucho de lo aceptable socialmente. Con la vis cómica digna de un documental de Werner Herzog, muestra lo ridículo, terrorífico y extravagante que puede llegar a ser esa extraña criatura llamada Homo Sapiens.



American Vandal es una serie en formato de falso documental que satiriza los programas de investigaciones criminales. Su caso trata de un gamberro que es expulsado del instituto por un delito que afirma no haber cometido: pintar unas enormes pollas rojas sobre los veintisiete coches del aparacamiento de profesores. Los personajes son ridículos sin pretenderlo, a la manera de The Office. Sin embargo, a medida que se suceden los ocho episodios que la componen, la parte de comedia va dando lugar a una reflexión sobre los prejuicios, la sobreexposición en las redes y el determinismo social. Está muy bien realizada, y se maneja a la perfección en todos los formatos, desde los televisivos del documental y el reality, a los digitales como Snapchat o Twitch.

Borg McEnroe. La película que se olvidó del tenis


El tenis no es tan popular como el fútbol, ni despierta tantas pasiones. En general, es considerado un deporte aburrido de pijos. Entiendo que si se quiere obtener algo de éxito comercial, se hagan concesiones, como darle una resonancia casi mitológica al enfrentamiento de dos grandes como son Björn Borg y John McEnroe. Pero lo que me parece terrible es que se decida emprender un proyecto de este tipo y se parta de la premisa de que el objeto a tratar es un coñazo.

¿Consecuencia? Que se obtiene una ficción documental sobre la final de Wimbledon de 1980 donde apenas se ve tenis. No hay ningún punto mostrado en su integridad. Todo son ráfagas de primeros planos golpeando una pelota que no entra en el encuadre. Como aficionado a la raqueta, no sentí en ningún momento la emoción de ver ganar un punto. La película se centra tanto en el trasfondo de los dos "héroes", que se olvida del deporte y de la interpretación, que es insulsa y plana.

Es sorprende cómo, sin imágenes, sólo con minuciosas y relevantes descripciones, escritores como David Foster Wallace con su artículo Roger Federer as Religious Experience, o periodistas deportivos como John McPhee con su libro Los niveles del juego consiguen reproducir en sus lectores la pasión de disfrutar de un partido que no están viendo. En esta ocasión, es mejor pasar de tanto fotograma inútil y sumergirse en un buen par de lecturas.